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'La música en otra parte' por Luis E. Parés

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Extracto de la noticia publicada en ctxt. Contexto y Acción , el 7.5.2026.
Rrose Sélavy, alter ego de Marcel Duchamp, en una fotografía tomada en 1921 por Man Ray. / Museo de Arte de Filadelfia

Rrose Sélavy, alter ego de Marcel Duchamp, en una fotografía tomada en 1921 por Man Ray. / Museo de Arte de Filadelfia

'La música en otra parte' por Luis E. Parés

El sistema museográfico considera la música contemporánea como un campo autónomo, cuando no lo ha sido nunca y nunca lo debería ser.

Artículo de Luis E. Parés. En: Revista ctxt. Contexto y Acción. nº 332. Mayo 2026

Que yo recuerde, mis padres nunca me mandaron con la música a otra parte, y sin embargo, como tantos y tantos refranes, esa expresión me suena muy familiar. Y como tantos y tantos refranes, esconde un profundo poso de verdad. A estas alturas, es obvio que hemos mandado tantas veces la música a otra parte que ahora está en una especie de no-lugar, es decir, que la música no está en ningún lugar, tampoco en los museos.

He ido varias veces a ver la nueva ordenación de la colección del Museo Reina Sofía, y he disfrutado mucho de sus aciertos, pero me han disgustado algunas decisiones. Es decir, lo normal cuando uno es un espectador resabiado acostumbrado al condicional que empieza por “yo habría hecho…”. Pero el balance es positivo; he descubierto muchas obras y muchas lecturas que me han sorprendido. Entre ellas estaba el retrato de Javier Utray como Rrose Sélavy, en el que imita la famosa foto de Man Ray en la que Marcel Duchamp se trasviste de un personaje femenino así llamado, que convertida en un alter ego llegará a firmar algunas obras y escritos del artista. La foto de Utray estaba sacada de una acción que realizó en 1977 en su estudio. Con este personaje, Duchamp se volvía a adelantar creando un personaje híbrido, sin género, como sus propias obras. Cuando Utray imitó el retrato de Duchamp travestido quería recuperar la ruptura de fronteras y la mezcla de disciplinas del artista francés, en una reivindicación de la sensibilidad queer que en esa España de la Transición empezaba a llevarse a cabo.

Contemplando la obra, dispuesta al lado del collage Pantéon fantamarceliano (en el que se incluye la fotografía de Marcel Duchamp), me acordé de repente del disco con el mismo nombre de mujer que Juan Hidalgo publicó en 1977, en una discográfica italiana. La portada del disco era la foto de Marcel Duchamp ataviada como el personaje drag que se había inventado. Me descubrí pensando que, para completar el discurso de Utray, se podría haber expuesto el vinilo de Hidalgo, ya que al fin y al cabo el disco y la acción eran del mismo año, y Juan Hidalgo y Javier Utray habían sido amigos y cómplices. Pero de repente pensé que no había que exponer el vinilo, que lo que había que hacer era escuchar el disco de alguna forma. El disco de Hidalgo es una repetición eterna de un ritmo mínimo, apenas tres notas, que a veces se amplían a cinco, siempre con leves variaciones en el orden. Su poder de evocación, de una atmósfera a veces muy naíf, es enorme, transportándote a una especie de casa de muñecas que es donde el personaje creado por Duchamp podía operar sin prejuicios ni problemas. Una atmósfera muy parecida a la del vecino Retrato de Ronald Reagan pintado por Juan Ugalde o la del cuadro Patosa, de Patricia Gadea. La música de Juan Hidalgo podía [¿podría?] ser una banda sonora para esta sala, pero parece que a nadie se le ha ocurrido exponer la música, museificar la música. , simplemente, buscar en la música prolongaciones de los contenidos que sí se muestran.

Sí se exponen y se museifican aspectos muchas veces extramusicales, como las carátulas de discos. En una de las salas más interesantes, llamada “Contracultura material”, hay expuestas varias carátulas de vinilos, ilustradas por artistas como Iván Zulueta o Nazario. También los maxi singles de Almodóvar y Mcnamara. Además hay dos monitores donde se proyectan cuatro videoclips, entre ellos el famoso clip de Las vulpes (Me gusta ser una zorra) y otro de Vainica Doble (Caramelo de limón). Casualmente, no se cita quién hizo los videoclips, como si lo importante en este caso sólo fuese la música. 

Pero la cuestión es otra: ¿por qué la música no forma parte del discurso del museo y las carátulas sí? Si esto fuese una cuestión de discurso, me callaría, pues es evidente el criterio brillante que tienen los responsables del museo. Pero me temo que es una cuestión de marco: la música no interesa, no cuenta, no es arte. Y creo que eso es un problema. Las carátulas de discos sólo son una ilustración, todos sabemos que lo importante está en el interior, grabado en unos indiscernibles microsurcos. Nadie juzgaría un libro por su portada. Es cierto que mostrando una portada acercas el contenido del libro (las exposiciones de arte están llenas de vitrinas con libros), pero ese acercamiento metonímico me temo que no sirve con la música. Y sin embargo, las carátulas sí funcionan como objeto artístico, o al menos como objeto estético. Pero hemos de entender que la ruptura de Aviador Dro (por mencionar un grupo que está representado con vinilos, un videoclip y borradores de sus portadas) es musical, no sólo visual, o mejor dicho: su estética visual era una prolongación de su estética musical. Y no estaban solos en esa época, había bandas como Esplendor Geométrico, Neozelanda, Diseño Corbusier... que alinearon la música española con la de los Throbbing Gristle de la hoy tan celebrada museográficamente Genesis P-Orridge. Es decir, la contracultura material también fue una contracultura musical, y visto en perspectiva seguramente fue la musical la que más lejos llevó sus planteamientos. ¿Por qué reducir todo ese movimiento a una portada? La verdadera revolución de estos grupos es musical, no iconográfica. Es como si de repente se diese más importancia a las fuentes secundarias (los folletos, las fotos, las carátulas…) que a las primarias, la música. 

Pero esta no es una crítica al Museo Reina Sofía, sino al sistema museográfico, o incluso artístico, que considera a la música contemporánea como un campo autónomo, cuando no lo ha sido nunca y nunca lo debería ser. La música ha participado de las mismas preocupaciones que el resto de disciplinas y muchas veces se ha hibridado con ellas, y eso cuando no ha llegado más lejos en sus propósitos que “el arte de museo”. Ahora no tiene sentido la separación en compartimentos estancos de la música y el arte: estamos disfrutando de las performances flamencas de Pedro G. Romero y sabemos que Marcelo Expósito está realizando obras sonoras que edita en cuidadas ediciones en vinilo. También podemos recordar que antes que ellos Luis de Pablo colaboró con José Luis Alexanco en Soledad interrumpida (que se expuso un tiempo en el Reina Sofía y forma parte de su colección). También podemos decir que Zaj era un colectivo eminentemente musical y que sus componentes (Juan Hidalgo y Walter Marchetti, pero también otros visitantes circunstanciales como Ramón Barce) eran ante todo compositores, aunque sólo se expongan sus trabajos postales y se documenten sus acciones efímeras. Hay un momento de la carrera de Joan Brossa que es muy difícil de separar de la de Carles Santos. También podemos recordar que el ballet Clavileño, cuyos figurines preparó Maruja Mallo y que vimos en su exposición, iba a tener música de Rodolfo Halffter (que había realizado la primera composición dodecafónica de la historia de la música española para la desaparecida película Infinitos, de Carlos Velo)… Eso por hablar de lo que sabemos, porque estoy seguro de que hay experimentación sonora cercana a Dau al Set o al Postismo en algún recóndito disco de pizarra (y mi compadre Carlos Martín Ballester lo sabrá mejor que nadie). 

Pero veo que he caído en la trampa de siempre, la de subordinar la música y la experimentación sonora a otra cosa, a otras disciplinas, como si la música sólo fuese un acompañamiento, un bonus track de obras mayores. Hay que concienciarse y decir abiertamente que músicos como Eduardo Polonio, Francisco Guerrero o Fátima Miranda están entre los artistas españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Y que a ellos (y a otros muchos) se les puede pedir lo mismo que se les pide a los grandes artistas: que amplíen su campo expresivo, que ataquen sistemas establecidos y que contagien campos de acción paralelos y parejos. Y por ello deben estar representados en nuestros museos, como lo están otras figuras que a priori no forman parte del campo “arte contemporáneo”, como García Lorca, Ramón Gómez de la Serna, Val del Omar o el arquitecto José Luis Sert. 

Hace unos meses, el Pompidou realizó una exposición en la Cité de la Musique llamada Kandinsky. La música de los colores. Allí se reflexionaba sobre la influencia que la música había tenido en la obra del pintor, equivalente a la de otros pintores o a sus compañeros de la Bauhaus. Había, aparte de obras de Kandinsky, discos de su colección personal, partituras que había comprado y alguna memorabilia. Lo interesante es que entrabas a la exposición con auriculares y, según ibas desplazándote por las salas, ibas escuchando (sin que tú tuvieses que accionar nada) distintas composiciones de Scriabin, Schoenberg, Bartók o Stravinsky. Gracias a ese dispositivo tecnológico, entendías fácilmente la importancia cultural de la música, y su influencia en distintos lenguajes. Y entendías que las prácticas de esos músicos y de Kandinsky eran indisolubles, distintas expresiones de la misma materia, del mismo modo que no se puede pensar la maravillosa Viena del principios de siglos (la de Wittgenstein o Freud) sin Mahler, Berg o Webern.

Obviar a la música contemporánea es dejar coja nuestra historia del arte (iba a decir sorda, pero me parecía una metáfora cursi). Hay formas de hacerlo y de conseguirlo, más allá de las famosas exposiciones de arte sonoro (algunas de las cuales han sido brillantes, como “Escuchar con los ojos”). Se puede conseguir, como ya se ha conseguido, incluir como expresiones artísticas de pleno derecho la ephemera, la producción editorial, el archivo o el cine. En la colección del Reina Sofía, por ejemplo, hay una sala estupenda para ver una divertida pieza de videoarte de Carles Congost, Un mystique indeterminado, o una sala entre pasillos para ver Arrebato. Como director artístico de un cine, sé que no son las condiciones óptimas, pero algo es algo, menos es nada. Hay que conseguir lo mismo para la música.

Yo he visto soluciones: el citado Pedro G. Romero llenó su exposición en el IVAM Lo popular de códigos QR que te llevaban a cantes desviados/customizados/trasladados por Niño de Elche. También está el concepto “hilo musical”, que tanto nos ha acompañado en los ascensores. Y está incluso la misma creación de pequeños rincones de escucha. Habría que empezar por reunir una buena colección de vinilos para el archivo, pero vinilos entendidos como música, no como objetos artísticos o ilustraciones “cuquis”. Hay formas de conseguirlo sin llegar a la utopía de pedir una programación estable de conciertos de música de vanguardia. La solución no me compete a mí, pero sí el deseo. Por favor, traigamos la música a la parte de acá, que se ha ido tan lejos que ya no la oímos.

Luis E. Parés (Madrid, 1982) es cineasta, teórico y gestor cultural. Es director artístico de Cineteca Madrid, y anteriormente trabajó en Filmoteca Española y en varios festivales. Ha dirigido cortos y documentales, un largometraje centrado en rescatar material histórico de la primera escuela de cine española (La primera mirada. 2023), y ha publicado obras sobre cine, memoria y exilio. Combina su labor como programador y creador audiovisual con la investigación y la divulgación, abordando la historia y el archivo cinematográfico.