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Muere la cantante de ópera Teresa Berganza a los 89 años

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Extracto de la noticia publicada en El País , el 13.5.2022.
Fotografo: Chicho

Fotografo: Chicho

Muere la cantante de ópera Teresa Berganza a los 89 años

La mezzosoprano ha fallecido en Madrid este viernes

Madrid, 13 de mayo de 2022

Jesús Ruiz Matilla

La cantante de ópera Teresa Berganza ha muerto en Madrid a los 89 años, según ha confirmado su hijo a EL PAÍS. Por deseo de la artista no habrá velatorio ni entierro público. La familia ha emitido el siguiente comunicado: “Addio de Teresa: ‘Quiero irme sin hacer ruido… No quiero anuncios públicos, ni velatorios, ni nada. Vine al mundo y no se enteró nadie, así que deseo lo mismo cuando me vaya’. Toda la familia respetamos su voluntad. Nuestro homenaje será recordarla en toda su plenitud y seguir disfrutando de ella a través de sus interpretaciones para recordarla siempre”.

Teresa Berganza deja un inmenso vacío que llena la historia de la ópera. De pocas personas se podía aprender tanto lo que es saber mantener alta la dignidad de su arte. Tan graciosa e impredecible como rigurosa y seria para lo suyo. Gran testigo de su tiempo, poseía un radar realista hacia el pasado y buen ojo para el futuro. Se mostró siempre castiza y modernísima. Fue una joven que supo defenderse y desenvolverse por la Europa de posguerra y pronto asimiló con una gran carrera internacional el cosmopolitismo sin renunciar a un punto de vista estrictamente madrileño de la vida. Ella que nació en la calle San Isidro muy pronto se comió el mundo.

Se armó para ello. Formándose a fondo. Estudió piano, armonía, música de cámara, composición, órgano y violoncelo. Pero se dedicó al canto después de pasar por el aula de Lola Rodríguez Aragón. Despuntó ya en su primer recital en Madrid. Tuvo lugar en el Ateneo, un 16 de febrero de 1957, algo que le dio alas para ya entrar por primera vez con un papel en escena: un Trujamán de El retablo de maese Pedro (Falla) en el Auditorio de la RAI, aquel mismo año en que también tuvo la oportunidad de debutar con el papel de Dorabella en Così fan tutte dentro del festival de Aix-en-Provence (Francia).

Después llegaron más éxitos en el Reino Unido dentro de Glyndenbourne o su debut junto a Maria Callas en una Medea un año después en Dallas (Estados Unidos). De ahí a Viena, en 1959, junto a Karajan con Las bodas de Figaro, también con Giulini y un viaje al XVII y XVIII de la mano de Purcell, Haendel, Monteverdi, que le ocupó el principio de los años sesenta. De Mozart y aquellos retos barrocos pasó al bel canto junto a Alfredo Kraus, con El barbero de Sevilla, luego el Metropolitan y la Scala la recibían con Las bodas de Fígaro mozartianas y la mencionada ópera de Rossini junto a Claudio Abbado. Esa que la consagró como icono y experta en el repertorio endiablado del creador de Pesaro, lo que no le apartaba de riesgos como meterse en un montaje de Don Giovanni, dirigido por el cineasta Joseph Losey y con Lorin Maazel en el foso. A ese nivel discurrió la carrera de Berganza, que continuó en los setenta con diversos hitos en Salzburgo, Edimburgo, el Liceo, junto a Karajan, Abbado, Kubelik… Los de una auténtica figura que ha sabido nadar entre lo más pegado a la tradición sin miedo a una radical modernidad. Ese instinto para saberse puente lo fue construyendo con una mentalidad fascinante, una manera de ver la carrera y su vida fuera de la norma.

Berganza es hoy un referente para todo el mundo que desee desentrañar la complejidad presente y pasada de la ópera, donde ella ha sabido brillar y mantenerse con los pies en el suelo sin renunciar a altos vuelos. Un caso insólito y ejemplar de carrera duradera en la cumbre sin que aquello le hiciera sentirse presa de una grandeza o una gloria pasada.

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La muerte no le asustaba. Antes de morir dijo a su familia que no quería velatorios ni tanatorios. “Cuando me muera, me gustaría que me envuelvan en una sábana, me quemen y me tiren al río. No temo a la muerte, pienso en ella con amor, me gustaría morirme de repente para no sufrir yo ni ninguno de los que me quieren. Pero que no me enseñen muerta, que nadie vea mi cara de muerta y que no canten, a eso sí que le tengo miedo, porque como desafinen soy capaz de levantarme…”.

Vida es lo que ansiaba. Y vida tuvo, vida repartió, tanto como arte. Se mostraba muchas veces pletórica, invencible, inquieta, contagiosa y toda una personalidad andante. “He sido muy reinona, sí, pero humilde. Soy buena hasta que me tocan y pacífica si no me atacan. Ahora, cuando me hacen algo, ¡bueno! Me vuelvo una víbora”.

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Aun así, a veces se quejaba de no haber sido suficientemente reconocida en su tierra. “Cuando empezaron a fijarse en mí yo ya llevaba 25 años de carrera”. ¿Fue Berganza un lujo que España no supo digerir? “Ésa es una muy buena reflexión”, dijo una vez ante aquella pregunta. Ella llevaba a gala haber hecho lo que le tocaba en cada época. “Cantaba todo y con todos. Hasta con Juanito Valderrama, del que se aprendía muchísimo. Y hasta hacía películas con Carmen Sevilla para ganar dinero. Luego empecé a cantar y desde entonces no he parado. Me fui a Italia, hice 13 o 14 conciertos y me dijeron: ¿Le apetece cantar en la Scala? Yo respondí: Bueno, ¿por qué no? Y he sido de las que entró en la Scala sin acostarse con el director, que no me gustaba entonces. Él sí quería, pero yo no”.

Tal vez por esas cosas se definía pobre pero honrada y entregada radicalmente a su voz: “Sí, ahora soy pobre porque me llamaban para cantar en el Metropolitan de Nueva York pero me llevaba a mi marido, a mis tres hijos, a mis padres, a una niñera y a una señora para limpiar. Así que al final me quedaban 100 dólares, pero he sido muy feliz. Tengo unos hijos maravillosos y unos padres que no me daban dinero porque en casa no había un duro, con un padre en la cárcel y una madre trabajadora, pero me inculcaron cultura y mucho cariño. Me enseñaron a amar. Por eso he tenido una infancia maravillosa en la que iba al colegio, cantaba en un coro y entre medias me comía un bocadillo de calamares”, dice.

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Jamás dejó de estudiar y llegó a dar clases en la Escuela Reina Sofía. Sabía lo que era aprender de los grandes y quiso aportar. En ese sentido, siempre se mostró agradecida de lo que su relación con Maria Callas le dio. “Era la más grande. Yo creo que en mí, lo que vio, es que no era mala. Me quiso tanto... Me llevaba a todas las fiestas y me sentaba en sus rodillas. Me adoptó”. ¿Tanto como para copiar algo de ella? “Copiar, nada. Aprender, lo aprendí todo. Sobre todo que los más grandes son los más humildes. Después, a mí me han querido copiar mucho, pero no han salido como yo. No hay artista igual”, decía.

Lo que nadie era capaz de predecir eran sus salidas. Berganza fue siempre pura espontaneidad en cada respuesta. Como esta, a los 75 años. “Tengo tres cuartos de siglo. Te vistes de otra forma. Me falta el moño. El moño tenía mucho éxito”. De ahí pasamos a la audacia y al tiento. Ambas cualidades, necesarias para sostener carreras. “Si me hubiese dejado llevar por lo que querían en las discográficas, no hubiese durado ni dos años. A mí, los discos no me emocionan... Aunque he grabado casi 200. El disco puede ser la perfección, pero el teatro es la emoción. A mí, lo que me gusta es hacer el amor con el público. Conmigo no se han equivocado nunca...”.

Eso no suponía que ella misma estuviera segura de lo que le gustaba. Una vez, en una entrevista que mantuvimos se lo preguntó ella misma. “A veces me pregunto: ¿Me gustará la ópera? ¿Me gustaba? Porque se ve cada cosa... Coñazo, la hacen coñazo”, decía. Aun así, seguía jugando a ser diva sin perder los papeles. “Puedes jugar a eso. Vacilando. Cuando te ponen alfombras rojas y rolls-royces con bar, te gusta. Cuando te aplauden media hora, claro que te sientes especial. Pero luego llegas a tu casa y eres la que ha nacido en la calle de San Isidro, número 13, de Madrid”.